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El talento en la pobreza, el fracaso y el olvido, está presente en la mayoría de los creadores, y reflejan la generalidad de las vidas humanas que nacen y mueren, sin apenas dejar rastro. Sin embargo, con el paso del tiempo algunas obras vuelven a resurgir para regocijo de los manipuladores interesados.

El hurgar entre papeles y referencias escritas en todo tiempo y lugar, procura una satisfacción, y riqueza impresionante a las personas con inquietudes existenciales, o de cualquier otro índole.

Relato escrito hace algunos años, que plasma las vivencias de un emigrante español en el París del 68, entre otras cosas. Relato Soledad por Nely García El paisaje y el árbol no han cambiado mucho, pensaba Zacarías. Sentado sobre una piedra grande observaba el entorno en soledad. Ella lo acompañaba siempre aunque en estado latente, afloraba en los momento de tristeza, cuando de niño sus amigos no querían jugar con él, o en momentos de decepción. En aquel tiempo la odiaba pues siempre estaba relacionada con momentos difíciles. A los dieciocho años apareció Elvira y allí le dio un beso, fue su primer amor. Ella era una muchacha del pueblo. Recordaba aquella tarde de domingo en el salón de baile. Estaba con sus amigos. Ese día se tropezó con los ojos de Elvira. Aunque vivía en el pueblo nunca se había fijado en ella. Estaba hermosa riendo con un grupo de amigas ¿Cómo no la había visto antes?. Tenía el pelo castaño, ojos grandes del mismo color, con mirada profunda, estatura media y una sonrisa radiante. Cuando sintió su mirada le sacudió una descarga eléctrica, estaba fascinado. Sus amigos se dieron cuenta y se pusieron a bromear. —No te hagas ilusiones es muy guapa, a nosotros también nos gusta. Cuando sonaron las primeras melodías del tocadiscos, Zacarías se armó de valor y dirigiéndose a donde estaban las muchachas invitó a bailar a Elvira; ella le miró sonriente y aceptó. A partir de ese momento y mientras duró la relación no sintió soledad, su mente estaba invadida por los recuerdos vividos con ella y el deseo de volver a verla. Zacarías se levantó, miró a su alrededor, debo irme pensó, se está haciendo tarde. Los recuerdos contrastaban con el presente, a los dieciocho años era un joven fuerte y bien parecido, ahora pasaba de los sesenta y aunque su paso no era rápido, su persona transmitía tranquilidad y sosiego. Siguió el sendero que llevaba al pueblo. Había vivido muchos años fuera de él, pero conservó y restauró la casa que heredó de sus padres y cuando se jubiló decidió volver a sus raíces. A la entrada del pueblo se encontró con Antonio un amigo de la infancia. —Hola Zacarías ¿recordando viejos tiempos? —Y sabes Antonio las cosas de la infancia te gusta volverlas a ver. —A nosotros también nos gusta tenerte en la última etapa replico. Zacarías sonrió y continuó su camino. La casa donde vivía disponía de las comodidades necesarias, su mujer tenía mucho gusta para la restauración y cuando ella vivía venían casi todos los veranos. Su hermana continuaba en el pueblo y se sentí acompañado. No tenía hijos. Después de comer iba al bar para jugar la partida con sus amigos, se sentía a gusto con ellos. Un día entre bromas le dijeron. —Tú te fuiste del pueblo para olvidar a Elvira ¿verdad? Él los miró con una sonrisa y dijo. —¿Cómo puedo saber por qué me fui? A los veinte años necesitaba conocer mundo, —Es verdad dijeron mientras continuaban la partida. Zacarías sabía que tenían razón, fue uno de los momentos más amargos de su vida y para olvidar decidió cambiar de ambiente. Sus padres eran propietarios de fincas y necesitaban que él y su hermana les ayudaran. Por esa razón y guiado por los valores de sus padres, cuando acabo el bachiller elemental de la época tuvo que trabajar en el campo. Elvira era hija del secretario del ayuntamiento cuando la conoció tenía dieciséis años. Después del primer baile continuaron viéndose durante dos años. En ese tiempo Zacarías no sintió soledad, vivía en una nube invadido por la felicidad. A veces salían del salón de baile y paseaban por el campo. Se amaban y proyectaban el futuro con boda. La plenitud de ese tiempo nunca más la volvió a sentir. Un día Elvira llegó con el semblante triste. .—Mi padre encontró trabajo en la gran ciudad y nos trasladamos —dijo. Él presintió que su felicidad estaba tocando fondo, la cogió entre los brazos y le dijo. —¿Cómo podré vivir sin ti? —ella muy triste contestó. —Te escribiré mucho hasta que podamos reunirnos para siempre. —¡ Nos casamos! —le dijo él—. Ella bajó la vista y contestó. —A mi padre no le gustas, soy menor y no lo consentiría. —¿Porqué no le gusto? —Dice que tu futuro está en el pueblo y quiere para mí algo más importante, yo no estoy de acuerdo, pues estar a tu lado es lo que deseo, pero todavía no he cumplido los dieciocho y él no se atiende a razones —Me tengo que ir pues me prohibió que te viera, Nos vamos la semana próxima. Zacarías se quedó petrificado, no podía creer lo que estaba pasando. Cuando la vio alejarse la soledad lo envolvió de nuevo. En los dos meses siguientes recibió tres cartas, le decía que no contestara pues era su madre la que recogía el correo. A los seis meses le llegó el rumor, Elvira se casaba con un buen partido, un conocido del padre quince años mayor que ella. Para Zacarías fue el mazazo definitivo. El día de la fiesta al salir de misa la vio del brazo de su prometido, cuando sintió que la miraba bajo la vista ¿miedo? ¿vergüenza Nunca lo sabría. No volvió a verla, la vida en el pueblo ya no tenía sentido. Fue a ver a su amigo Eladio, vivía en Paris pero estaba de vacaciones. —Me puedes ayudar le dijo, quiero irme del pueblo y Paris me gusta. —Claro —le contestó, pero te advierto que no es todo como parece, allí hay dificultades. —No me importa contestó Zacarías, resolver problemas es lo mío. Cuando comentó en casa que quería irse, los padres pusieron el grito en el cielo ¿Quién les iba a ayudar?. Su hermana que intuía lo que le pasaba salió en su defensa, tenía novio, adelantarían la boda para que su hermano pudiera irse. Tuvo que esperar dos meses más hasta que se celebró la boda. Un grupo de ambos sexos hablaban acaloradamente, mientras el tren dejaba a tras pueblos y paisajes. Zacarías sentado en una esquina del vagón escuchaba. Contaban sus vivencias en el extranjero, los trabajos, las dificultades para obtener los papeles, los beneficios cuando conseguían el permiso para trabajar y las ganancias que obtenían al cambiar la moneda en pesetas. Zacarías les escuchaba con indiferencia, a él esas cosas no le preocupaban, quizás le ayudaran a olvidar. A las ocho de la tarde sacaron las meriendas, pues a las nueve y media aproximadamente, llegarían a la frontera y tenían que reponer fuerzas; las tortillas, los chorizos, los filetes empanados, etcétera, empezaron a inundar el vagón con sus aromas y la bota de vino pasaba de mano en mano. —¿No comes muchacho? —Le dijo una señora al tiempo que le ofrecía un trozo de tortilla con pan. —Gracias le contestó —yo también tengo merienda, y acto seguido saco el paquete que le habían preparado su madre y su hermana. Esos recuerdos le transportaban al pasado y Zacarías los veía como si se tratara de una película. Con el paso de los años apreciaba la soledad recordando vivencias y sentado a la sombra de un árbol continuó con ellas. A las nueve y media estaban en la frontera. Los viajeros con sus maletas de cartón y sus paquetes, se apresuraban hacia la puerta de una sala formando un tropel. A la entrada policías españoles escrutaban a las personas, mientras ponían sus enseres en un mostrador rotante. Al final del mismo policías franceses hacían lo mismo que los españoles. Los viajeros cuando entraban en la sala contigua respiraban aliviados; habían pasado la aduana, ¡ya estaban en Francia!. Los compañeros de viaje le indicaron el tren que le llevaría a Paris. Zacarías les dio las gracias y subió al vagón. En el interior otros emigrantes hablaban y reían. La noche se hizo larga, sentado entre ellos se enteró de sus vidas, pues una parte de la noche se intercambiaron confidencias. Algunos al llegar a Paris tenían que cambiar de estación, para continuar el viaje hacia otros países. En la gare d’ Austerlitz le esperaba Eladio, —¿Qué tal el viaje? —Le dijo después de abrazarlo. —Un poco cansado —contestó, pero lo importante es que ya estoy aquí. Se dirigieron a la boca del metro. Zacarías observaba todo con curiosidad, había estado alguna vez en Madrid, pero Paris era diferente. Se bajaron en la estación Odeón. Al llegar al inmueble donde vivía Eladio —le dijo. —Tenemos que subir por la escalera de servicio. Y comenzaron la escalada hasta llegar al sexto piso. Había un largo pasillo con puertas a los lados. Eladio abrió una y se introdujeron. Era una pieza en la buhardilla. Estaba amueblada con una cama y otra plegable, una mesa tres sillas, un armario, un lavabo y en un rincón una bombona de gas con una pequeña cocina y al lado una minúscula mesa. —Ya ves, —le dijo—. A aquí la vivienda está inaccesible para un asalariado como yo y tenemos que conformarnos con una habitación como esta, tu dormirás en la cama plegable hasta que mejore tu situación; el waters está en el pasillo y lo compartimos con los demás inquilinos. Zacarías miraba todo con indiferencia. Habían pasado tres meses, Zacarías trabajaba limpiando oficinas por la noche y de madrugada, para sobrevivir pues estaba mal pagado, pero allí le solicitaban el permiso de trabajo. Durante el día se apunto a la alianza francesa para aprender a leer y a escribir francés. Hacía algún trabajo esporádico en restaurantes, allí conoció a Eloy, un muchacho de Valencia. En Paris había estallado la revolución estudiantil organizada por grupos de izquierda contra la sociedad de consumo. Un día estaban en la habitación escuchando la radio, los estudiantes están arrancando los pavés de las calles, decía él locutor y se oía el ruido. Apagaron el aparato y el estruendo continuaba: se dieron cuenta de que pasaba en su calle. Bajaron dirigiéndose a la portera. Era española y se llamaba Elena. Se encontraron con todos los vecinos del inmueble. Estaban asustados; corría el rumor de que las tropas se dirigían hacia Paris y cogiendo lo más importante, bajaron a la portería por si tenían que irse. En el exterior continuaba el destrozo de calles y la quema de vehículos. Elena les comento asustada. —Igual nos tenemos que ir para, nosotros sería una catástrofe pues tenemos un piso sin pagar. La noche transcurrió tomando café que preparó ella y de vez en cuando asomándose a la ventana ,todos contemplaban con impotencia como algún coche de su propiedad ardía. Por la mañana cuando salieron París ofrecía un paisaje desolador, calles levantadas, vehículos calcinados y la gente con estupor y miedo. Zacarías lo miraba todo como si estuviera soñando, todavía estaba sumido en su depresión y lo demás le resbalaba. La revolución se acabó, tan de repente como había empezado cuando el General Charles de Gaulle anunció un referéndum y consiguieron mejoras. A Zacarías le gustaba dar largos paseos por el campo en soledad, y durante ellos recapitulaba su vida. Habían pasado seis meses más, ahora disponía de permiso para trabajar. Alquiló una habitación en el mismo barrio, ya era independiente. El primer trabajo estable, lo consiguió en un restaurante con la ayuda de Eloy. Los estudiantes frustrados por la revuelta abrazaron la revolución sexual y el amor libre. Querían salir del mundo que les rodeaba y para conseguirlo usaban marihuana en los dos años que siguieron consiguió trabajo en la fábrica de coches Renault donde trabajaba Eladio. En ese tempo fue dos veces de vacaciones al pueblo, su hermana le había dado un sobrino que se convirtió en la alegría de sus padres y abuelos. Él procuraba olvidar a Elvira. Aunque había conocido mujeres en los lugares que frecuentaba ninguna importante. Creía que estaba vacunado contra el amor. También había reuniones políticas y conciertos. Zacarías acompañado de su amigo asistía a veces. Algunos aconsejaban que para descubrir otro mundo, deberían de leer los libros filosóficos, místicos y metafísicos, escritos por Carlos Castaneda, Alain Watts, Camus, San Juan de la Cruz, entre otros. A Zacarías le encantaba leer y se apasionó por los libros citados. El tiempo libre lo dedicaba a devorar libros y también lo hacía en el metro cuando se dirigía al trabajo. Esbozó una sonrisa al recordar, como la lectura cambió su percepción de la vida. —¿Me invitáis a un vino amigos? —¿Qué pasa no tienes dinero? —Con tantos extranjeros no tengo trabajo, ellos lo hacen por menos, no deberían dejarlos venir- contestó Pedro. —Olvidas que hemos sido un pueblo de emigrantes —dijo Zacarías. —Bueno pero vosotros fuisteis con todo legal, no como estos. —Estas equivocado, la mayoría fuimos como turistas y una vez allí nos las arreglábamos para encontrar trabajo,-—replico Zacarías, me acuerdo cuando teníamos que renovar el permiso en la prefectura de policía, las colas que había eran impresionantes y los empleados nos trataban con desprecio, considerándonos inferiores ¡créeme! todo se repite ahora somos nosotros los que actuamos con desprecio. — Te invito yo —dijo un amigo, a condición de que no discutáis, pero debes continuar buscando y no escojas tanto—. Todos se echaron a reír. Zacarías aunque a veces necesitaba estar solo, también le gustaba comunicarse con los amigos y esos encuentros equilibraban su vida. El pueblo estaba ubicado en la provincia de León y por él pasaba el camino de Santiago. A él le gustaba charlar con los peregrinos especialmente con los franceses, pues había compartido con ellos, una parte de su vida. Unos hacían el camino para encontrarse asimismo, otros por fe religiosa, y algunos para olvidar problemas, o estar en forma físicamente, pero todos coincidían en que durante el trayecto habían descubierto algo nuevo, y la mayoría repetía. Casi todos preferían caminar solos y después intercambiar vivencias en los alberges, u hoteles. Eso confirmaba lo que pensaba Zacarías, todos añoramos la soledad que nos acompaño al nacer y en el inconsciente sabemos que ella será la única que estará a nuestro lado al final. Empezó a apreciarla cuando se apasionó por las lecturas filosóficas. Casi todos los autores coincidían (aunque lo expresaban de diferente manera) que la vida es un sueño que empieza al nacer acaba a nuestra muerte, que somos parte de una unidad y que en el fondo siempre estamos solos y la experiencia de la vida es algo pasajero. Fue en esa época cuando empezó a olvidar a Elvira, comprendió que todo en la existencia, es dual pues vivimos entre contrarios que se complementa entre sí, calor, frío, alto, bajo, etc. Por lo tanto todo tiene la misma importancia. La lectura le enseñó a apreciar la vida en cada momento. En la oficina de la fábrica trabajaba Martine, desde el primer momento conectó con ella, tomaban café a menudo y acabaron teniendo una relación. Eladio al igual que muchos compatriotas, estaban en Paris para ahorrar un dinero y comprase un piso en España y poder volver al país. Él había llegado para olvidar un amor y ahora se sentía a gusto. Paris le ofrecía posibilidades que nunca antes había tenido. Además de la lectura le gustaba visitar museos, acompañado por Martine. También asistían a los conciertos de Paco Ibáñez. Allí se encontraba con compatriotas deseosos de que España cambiara pues la dictadura había durado mucho, y con las canciones se sentían identificados. Martine le propuso que fuera a vivir con ella. Tenía un bonito apartamento en el distrito siete y así lo hizo. Ella procedía de Bretaña, su madre había fallecido, el padre se volvió a casar y casi no tenía relación con él. Martine le resultaba atractiva, era alegre y culta. En la relación cada uno tenía su propio espacio, él continuó con la lectura y ella con sus costumbres. No era el amor que había sentido por Elvira, pero estaba a gusto con ella, y los dos procuraban disfrutar del momento. El verano siguiente Zacarías deseaba presentar a Martine a sus padres y respetando los complejos que existían en el pueblo, decidieron casarse por lo civil. Fue una ceremonia sencilla. Asistieron como testigos Eladio, Eloy y algunos amigos de Martine. Después lo celebraron con una comida. En el pueblo acogieron a su mujer con entusiasmo, y ella se sentía a gusto. Procuraban ir todos los años. Su hermana ya tenía la parejita y él dos sobrinos que adoraba. Era domingo, Zacarías se dirigía a casa de su hermana, los festivos comía con ellos. Los sobrinos vivían en la capital y a veces también venían. Le habían propuesto que viviera con ellos, pero él prefería la independencia y la soledad. Después de la comida, jugaban a las cartas y algunos vecinos también participaban. Los ayuntamientos, contrataban a chicas del entorno para que ayudaran a las personas mayores en las tareas domésticas; las personas mayores pagaban un precio mínimo y el resto lo subvencionaban los ayuntamientos. Zacarías aunque tuvo que pagar algo más por su situación económica, también consiguió una. Recordaba cuando en Paris mejoró su situación. En la fábrica el responsable de una sección se jubiló. Zacarías hablaba y escribía el francés muy bien, podía desempeñar el cargo, y cuando se lo propusieron acepto. Los trabajos domésticos habían sido el motivo, de las pocas discusiones que había tenido con Martine. Al mejorar la situación económica emplearon a una señora dos horas todos los días. No habían tenido hijos, y ni siquiera se molestaron por investigar la causa. Viajar y disfrutar dela vida les bastaba y Martine no sentía el instinto maternal. Cuando llegó la democracia a España, muchos de los compatriotas volvieron al país. Eladio se había casado con una española, los dos tenían piso en Madrid, y allí se trasladaron para abrir un negocio con sus ahorros, como tantos españoles lo hacían en esa época. Con la democracia también llegaron los impuestos. A los trabajadores autónomos los consideraban empresarios y con la poca experiencia para el comercio los impuestos requeridos no se correspondían con los ingresos y muchos fracasaron entre ellos Eladio, y tuvo que buscar trabajo en Madrid. Eloy había acabado los estudios en Paris y consiguió una plaza de profesor en Toledo. Él y Martine tenían amigos franceses y estaban integrados en la ciudad. Los años pasaron deprisa, primero perdió a su padre; fue el primer experimento con la muerte y sintió el vacío y la impotencia. Tres años más tarde falleció su madre y sufrió otra experiencia quizás más dolorosa. Cuando repartieron la herencia a él entre otras cosas, le tocó una casa con un bello jardín. Su mujer disfrutó restaurándola y el resultado fue excelente, siendo la admiración del pueblo. Siguieron unos años apacibles entre Paris y el pueblo. Cuando analizaba ese tiempo creía que había sido una felicidad sosegada. A veces se preguntaba si se había olvidado de Elvira, y creía que sí pero había algo que le inquietaba, no le gustaba recordar ni hablar de aquella época, ¿quizás quedaba una pequeña herida sin cicatrizar?. Cuando a Martine le diagnosticaron un cáncer comenzó un calvario que duró un año. Operación, radioterapia, insomnio y sufrimiento. El final fue muy duro, había superado la muerte de sus padres, aunque con dolor su vida continuó igual. La muerte de su mujer, además del vacío y el dolor, su vida cambió. Los seres tienen una capacidad impresionante para adoptarse a nuevas situaciones y Zacarías lo tuvo claro, quería volver a sus raíces para acabar su vida. Solicito la jubilación y regreso al pueblo. Sentado en un banco observaba a los transeúntes, un peregrino se le acercó y con acento italiano dijo. —Buenos días ¿ me puedo sentar a su lado? —Para mí será un placer —contesto Zacarías. El italiano tenía un aspecto radiante, siempre sonriendo; aparentaba unos cincuenta años, —¿Es la primera vez que hace el camino? —preguntó Zacarías. —Es la tercera pero esta vez mi camino se acaba en este pueblo, pues el milagro se ha realizado. Zacarías intrigado le pidió explicaciones y el extranjero le relató una parte de su vida. Había vivido muchas experiencias, buenas y malas, como todo el mundo, pero dentro de él sentía la necesidad de descubrir algo que le faltaba pues ninguna de las situaciones vividas, le habían satisfecho plenamente. Era un hombre con inquietudes y quería descubrir el significado de la vida. Por esa razón hizo el camino la primera vez y aunque la experiencia resultó positiva, continuaba con el mismo deseo. La segunda vez fue muy parecida a la primera. Pero en esta ocasión antes de entrar en el pueblo, descubrió que no necesitaba ni saber ni tener más, —Zacarías le dijo. —Usted es un privilegiado, ¿y qué va a hacer ahora? —Pues antes de regresar a Italia voy a visitar algunos lugares de España que no conozco y procurare disfrutar cada momento de mi vida. Su relato llenó de satisfacción a Zacarías, después se dijeron adiós. En el pueblo con los suyos se sentía casi tan feliz como el Italiano. Sabía que era su última etapa, por eso quería disfrutarla con tranquilidad. Caminaba por su sendero preferido, a lo lejos una mujer venía en sentido contrario y cuando estaba más cerca le extrañó no conocerla. Era una señora mayor..¿qué haría una forastera por allí? —Hola Zacarías, —dijo la mujer—. El sonido de esa voz fue una revelación; era Elvira, solo sus ojos conservaban algo de su profundidad. —Hola Elvira ¿qué haces por aquí? —Pues ya ves; necesitaba volver a este lugar antes de morirme. —Que cosas dices — le replicó él. —Sabes; en aquella época me obligaron a casarme y a mí me faltó fuerza para revelarme. Mi matrimonio no fue feliz pero tampoco desgraciado, tengo tres hijos maravillosos y aunque ya no están conmigo los tengo cerca. Vivo sola porque así lo escogí pero me faltaba volver al lugar de mí juventud y el verte me ha procurado tranquilidad. — Lo mismo me ha pasado a mí contesto Zacarías y también vivo solo por propia voluntad, volver a encontrarte ha sido algo importante. Los dos sonrieron con satisfacción y después de saludarse cada uno siguió su camino. “plenitud recobrada”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/03/01/babelia/1488371376_369811.html?prod=REG&o=COM&event_log=oklogin Sinopsis y pequeño texto de la narrativa utópica sin publicar – Lo … https://plus.google.com/105933373098958011666/posts/DTBmLb1Cw79

Cuando sentimos que el entorno carece de la armonía deseada y nos encontramos encerrados en prejuicios y moldes establecidos, nuestra mente se recrea en percepciones utópicas, e imaginamos lugares donde pueden existir. Muchos artistas plasman el caos cuando descubren que las poblaciones admiradas no son tan perfectas y otros se regocijan en sus éxitos ¡algo comprensible!. Sin embargo, el anhelo de una sociedad feliz es un arma necesaria para poder avanzar hacia la evolución humana.

http://verne.elpais.com/verne/2017/01/23/articulo/1485172191_865768.html

Nely García García

Usuario destacado

El hacerse las mismas preguntas desde hace más dos mil años sin llegar a ninguna conclusión, demuestra que no hemos investigado con la práctica. La filosofía existencial desde la escuela primaria sería una herramienta útil para cambiar los valores vigentes. Una sociedad que desde la infancia aprende que la vida es efímera y que la acumulación de bienes, privilegios, o la utilización de la violencia, resultan inútiles y nocivas para el conjunto, y al mismo tiempo estimular el conocimiento que fomente la evolución material de forma colectiva, y después, investigar sobre todas las posibilidades de la humanidad, desembocaría en un mundo apasionante e inteligente, capaz de poner en práctica todas las filosofías.