#Un Sísifo contemporáneo, inspirada en El Principito, aunque diferente pues una computadora crea los mundos y las consciencias, narrativa sin publicar. Fragmento,  posible portada.  Varias primeras páginas. en

    Un Sísifo contemporáneo

                  Nely García

Solo existe un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia.

El conocimiento empieza en el asombro.

Una vida que no ha sido examinada no merece ser vivida.

                    Sócrates.

Un Sísifo contemporáneo no quiere cargar con pesos

ni volver a repetir,

y busca como un obseso, el misterio del vivir.

N.G.

                  Un Sísifo contemporáneo

   Mis pupilas contemplan un paisaje fascinante; el horizonte de un color blanquecino contrasta con el paisaje vacío de contenidos, solo existe un suelo verde claro, con matices esmeralda sobre el cual me encuentro tendido. No sé con exactitud quién soy y por qué estoy aquí. Me encuentro cansado cerraré otra vez los ojos, quizás necesite algo más de reposo para recordar. Mis párpados comienzan a bajar sobre mis pupilas y el entorno empieza a desaparecer, pero ¡qué veo! un niño se acerca, mis parpados se abren extrañados.

    –Hola,—dijo— cuando estaba a mi lado.

    Antes de responder le miré extrañado: debía de tener unos siete años, su tez era morena con cabellos negros ensortijados, una sonrisa iluminaba su rostro, todo en él transmitía felicidad y sosiego.

    —Hola —contesté— ¿quién eres y a dónde estoy?

    El niño volvió a sonreír antes de hablar.

    —Debería de ser yo quien te preguntara ¿quién eres? Pero te diré a donde estas.  Te encuentras en un lugar de ensueño que solo se puede acceder por medio de una posición transcendente: me llamo Sol y vivo en todas las consciencias de todos los tiempos, aunque puedo hacerlo simultáneamente me gusta estar en un solo lugar cuando se requiere mi presencia. Te he visto emerger de una profundidad obscura y he venido a saludarte.

    Estaba absorto y perplejo, lo primero que pensé fue ¡es la primera vez que veo un Sol morenito! ¿será que al vivir en esa estrella su piel se haya bronceado?  

    —¡No te distraigas con especulaciones ridículas! leo tus pensamientos, lo que quiero saber es tu nombre y de dónde vienes.

    —Perdona Sol estoy tan confundido que no logro concentrarme; creo que me llamo Sísifo y no estoy seguro, pero tengo la sensación de que he aterrizado en este lugar después de haber consumido gran cantidad de droga, para eludir el tener que cargar con un pedrusco y el planeta de donde procedo se llama Tierra.

    —Claro, eres un Sísifo contemporáneo en tu país, pues el de la mitología vivió mucho antes, pero el peso existencial puede ser el mismo en ambas épocas, y para no sentir el peso, te introduces por un camino equivocado

    —Claro —dije— ¿pero tengo otra solución?

    —Sí, la tienes —contestó— el niño con entusiasmo y a añadió; el pedrusco acompaña a todo inicio de vida y cada ser puede transportarlo o ignorarlo, limitándose a vivir todos los momentos de su vida para descubrir realidades sorprendentes, y no limitarse a caminar con la piedra sobre sus hombros, en aras de conseguir dinero, reconocimiento, poder o diversiones, esas cosas no son necesarias para ser feliz.

    —Creo que te equivocas —dije—, en la Tierra nadie puede ser feliz sin medios económicos y todo lo que has mencionado.

    —Bueno ya lo comprenderás, ahora quiero dejarte solo para que recapacites y veas con claridad tu vida pasada. Cuando lo hayas asimilado volveré -dijo el niño- mientras se alejaba.

    ¡Qué extraña situación! pensé mientras mí mente retrocedió al pasado reciente. Ahora recordaba una explanada obscura y solitaria, le acompañaban unos amigos dos chicas y dos chicos. Ese día él había conseguido dinero extra y para celebrarlo, compraron cocaína en abundancia y escogieron ese lugar solitario para consumirla y así, escapar de una situación confusa y dolorosa.

    Mi recuerdo retrocede a las primeras percepciones de mi existencia. Mis padres parecía que me adoraban pues yo era el centro, sus caricias me hacían sentirme feliz y creo que ellos también lo eran. También recuerdo a mi abuela materna, estaba viuda y mis padres recurrían a ella, en momentos puntuales para que me cuidara. Era una mujer dulce e inteligente, se llamaba Mónica ¡ahora me doy cuenta! con el tiempo, ella se convirtió en mi confidente.  Mis padres solicitaban sus servicios con más frecuencia y ella estaba encantada de cuidarme y yo era feliz a su lado.

   Un día cuando tenía ocho años le pregunté el por qué, mis padres me habían puesto de nombre Sísifo, pues en el colegio se burlaban de él, ¡no hagas caso me dijo!, tus padres se conocieron en la universidad y a los dos les encantaba la mitología griega, por esa razón te pusieron ese nombre, en cuanto a las burlas pues verás, los niños siempre encuentran una escusa para mofarse de los más débiles y así, olvidarse de sus propias dificultades, eso está mal, pero algunos lo hacen y la mejor defensa es no darle importancia, pues si perciben que te molesta o te entristece, las burlas irán en aumento, mientras que si se dan cuenta que no te molesta, dejan de hacerlo pues ya no tiene atractivo.

    —¿Qué es la mitología griega? —le había preguntado y ella con mucha dulzura me lo explicó y lo entendí a medias—, Sísifo estaba condenado a llevar acuestas una pesada piedra.

    —Y ¿por qué estaba condenado?

    —Mira hijo, eso no lo puedes entender ahora, cuando seas mayor te lo explicaré.

   ¡No me lo pudo explicar! falleció un año más tarde. ¡ahora sé! que desde el momento de su partida empecé a cargar con mi piedra.

    Mis padres ya no eran los mismos de antes, se introdujeron en la política y cada vez estaban más ocupados. Al no tener a la abuela recurrían a personas desconocidas para que me cuidaran y no estuve a gusto con ninguna de ellas. Echaba de menos  a la abuela y también a mis padres, era como si pasaran de mí ¡eso sí! me cubrían de regalos y siempre disponía de dinero abundante, para mis gastos.

    Mi padre escalaba puestos y se convirtió en un líder, mientras que mi madre no destacaba mucho y los celos empezaron a visitarla no solo por el ascenso que también, sino porque muchas mujeres hermosas se acercaban a él.

    Desde este lugar insólito, los recuerdos toman un significado diferente. Recuerdo como muchos días de regreso a casa dejaba que la ensoñación se instalara en mi mente, “me convertía en un ángel y volaba por encima de las cabezas de mis padres, les hablaba de lo ridículas y nocivas que eran sus discusiones sobre todo para su hijo, parecían comprenderlo y prometían cambiar”, sin embargo, cuando llegaba a casa todo continuaba lo mismo. La mayoría de las veces una nota en mi cuarto me informaba, de que la persona de turno que se ocupaba de mí prepararía mi cena y me ayudaría con los deberes, ellos por razones de trabajo llegarían a casa muy tarde.

   Esa forma de proceder se convirtió en algo habitual y pasado el tiempo, cuando después de dejarme acostado, la mujer empleada se iba, me levantaba cogía un porro y fumaba. Cómo los conseguía se preguntará el lector. En el colegio había circulado el rumor de que yo disponía de dinero en abundancia para mis gastos y los enganchados a la hierba, no dudaron un segundo en presentarse como amigos. Un niño como yo, falto de cariño y comunicación, sucumbió a la primera envestida por parte de ellos.

    Sandra era  líder del grupo y como los demás tenía dos años más que yo. Procedía de una familia donde los padres al igual que los míos, se peleaban entre sí y a ella la ignoraban. Era una chica dominante y alegre, practicaba sexo con cualquiera que le ofreciera algo a cambio,  y otras veces por puro placer. Fue ella la que me inició en la práctica sexual ¡eso sí! después de haber comprado porros para todo el grupo, ella también era la encargada de conseguirlos.

    Adela era una muchacha pobre que por su propia decisión se impuso la tarea de estudiar para ser alguien en la vida, no como sus padres que sobrevivían con trabajos esporádicos duros y mal pagados, cada uno por su lado debería de desenvolverse, ella y su hermano, habían ejercido la mendicidad en momentos puntuales. En el colegio se encontraba desplazada por su falta de recursos, y como le ocurrió a él, los amigos marginados la acogieron y se convirtió en una más de la familia.

    Gaspar y Enrique, procedían de familias adineradas, con ideologías de extrema derecha y se unieron al grupo por pura venganza y contradicción, hacia el comportamiento duro de de sus familias.

    Todos se necesitaban entre sí, eran adictos a las drogas blandas y cuando olfateaban una ocasión para obtener dinero fácil, no la desperdiciaban; así fue como yo Sísifo me convertí en el más joven del grupo y el que más dinero aportaba.

    Ahora lo veo con más claridad, ellos me ayudaron a soportar la separación de mis padres y la lucha sin cuartel. Los juicios y las peleas, se hicieron insoportables para mí y encontraba consuelo contándoles mis penas.

     Al final la custodia corría a cargo de los dos, pero de común acuerdo viviría con mi madre, en la casa familiar de siempre. Mi padre que para entonces ya vivía con otra mujer, se limitaba a recogerme algún fin de semana y entregarme a sus padres que vivían fuera de la ciudad. Los abuelos me trataban con frialdad y no dudaban en hacerme saber que, me acogían por la  lástima que tenían hacia el hijo, que había escogido la ideología de izquierda para hacer política sabiendo que ellos eran de derechas. Esos fines de semana resultaban insoportables para mí y cuando se lo contaba a los amigos, me animaban con sus bromas y consejos, para soportarlo y olvidarlo me entregaban al vicio al igual que ellos.

   —No te apures me —decían— ya vas a cumplir catorce años aguanta un poco más, cuando cumplas los dieciocho los abandonas, como han hecho Sandra y Adela, nosotros también lo haremos.

   —Nosotras lo hemos hecho sin haber cumplido los dieciocho, tenemos dieciséis, ha sido por pura necesidad y nuestro día a día no es fácil –había dicho Adela.

   Sandra más fuerte que ella enseguida intervino, —Anda fúmate el porro y no te pongas triste.

    Él se daba cuenta de que la situación de ellas era mucho peor que la suya ¿cómo podía quejarse? Esa constatación le daba fuerza para seguir adelante.

   Me senté, miré el paisaje apacible y hermoso ¿ha sido el consumo de una droga fuerte lo que me condujo hasta aquí? —pensé—, en el mismo momento de hacerme esa pregunta, Sol apareció a mi lado.

    —Hola Sísifo, ya sabes que leo tus pensamientos y tu pregunta tiene una respuesta ambigua: el consumo de cocaína te condujo hasta aquí, pero también pudo haberte transportado hacia un lugar donde el dolor, las alucinaciones monstruosas o el miedo, predominaran. Pienso que de alguna manera, el espíritu de tu abuela Mónica te oriento.

    —¿Tú crese que mi abuela puede ver lo que hago? – dije con lágrimas en los ojos.

    —En el ámbito de una consciencia acrecentada todo puede ser posible sobre todo cuando el amor interviene: tu abuela te quería desinteresadamente y tu le correspondías, pero dejemos eso. Has recapitulado muchos aspectos de tu vida y yo he aprendido mucho, sobre el porqué escogiste el camino equivocado de las drogas y también lo que les condujo a tus compañeros. Quiero hablarte sobre lo que tu abuela no pudo explicarte, el significado del mito de Sísifo de Platón.

    Al nacer a cada ser le acompaña una bola de aire que camina silenciosa a su lado, se le puede llamar el destino o algo parecido. Cuando vivía tu abuela la bola era invisible y ligera, te acompañaba pero no la veías. Hiciste una reflexión acertada cuando te diste cuenta que el día de su fallecimiento, el peso de la bola se hizo presente.

    —Sí, eso lo deduje después de que en la clase de filosofía nos hablaran sobre ese mito –dije.

    —Pues bien —dijo Sol— al quedarte solo la autocompasión se apoderó de ti y la bola comenzó a coger un peso considerable. La importancia personal es un egoísmo disfrazado y el mayor impedimento para ser feliz. Tú te considerabas el niño más desgraciado del mundo, por haber perdido el único apoyo válido a tu entender que tenías y ¡claro! tú no merecías eso, pues te consideras importante y bueno. No te preocupes demasiado cuando empleo palabras radicales, a la mayoría de los humanos les ocurre lo mismo. Tu madre también se compadecía de ella misma al sentirse abandonada por tu padre, también consideraba que no lo merecía y la piedra igualmente cogía un peso insoportable y para evadirse se lanzaba a los reproches o conductas, equivocadas diversas.

    —Es verdad —dije—un día descubrí porros en su dormitorio, seguramente que también fumaba ¿cómo se puede evitar?

    En los labios de Sol se dibujó una sonrisa y —dijo ¡con amor!—, ese sentimiento lo puede todo. El mundo está en constante movimiento y cuando nos envuelve el amor dejamos que el movimiento del mundo nos transporte sin que nosotros hagamos ningún esfuerzo, solo tenemos que permanecer estáticos viviendo todos los momentos de la mejor manera posible y ver cómo pasan a nuestro lado todas las posibilidades, cuando percibimos alguna que nos agrada nos lanzamos hacia ella y la atrapamos, con esos comportamientos la bola también permanece silenciosa y ligera como el aire.

   —¿Quieres decir que es el mundo que se mueve por nosotros? —dije.

    —Lo ideal —añadió Sol— sería que todos permaneciéramos quietos y en alerta, pero con amor y sosiego, para poder discernir con precisión las diferentes oportunidades que se nos ofrecen y sospecho que me preguntarás  ¿i si lo que se nos ofrece son dolores, aberraciones o dificultades? –pues sí–, eso quería preguntar.

    Sol me miraba divertido y —contestó. En primer lugar donde está el amor, no caben todos esos supuestos, la consciencia tiene posibilidades infinitas de percepción y cuando el amor alberga en el ser, percibe situaciones agradables y otras que pueden no serlo, pero tiene talento para esquivarlas sin dificultad. Ahora hablemos de cómo la bola va cogiendo peso. Te dije que la bola coge peso al ponerse en movimiento sea de defensa, autocompasión, lucha por conseguir poder o ambición exagerada, entre otros motivos, sin reflexionar que el paso por la vida es efímero y las cosas que persigue también, además, no le darán las satisfacciones deseadas y se dará cuenta quizás demasiado tarde, de que mientras perseguía metas inexistentes, la vida había pasado sin que hubiese descubierto lo esencial del camino a saber: el amor, la armonía y el disfrute de la simplicidad cotidiana y sus sorprendentes descubrimientos.

    —Creo que empiezo a comprender —dije—, cuando vivía mi abuela yo estaba tranquilo y satisfecho, si algo me entristecía se lo contaba y ella me daba los consejos apropiados y me volvía la alegría habitual. Cuando falleció mis padres comenzaron a pelearse, me sentí solo y desamparado, mi mente empezó a especular sobre mi situación  y la autocompasión ya conocida se instalo dentro de mí, la salida que se me presentó no fue la mejor, pero me di cuenta que había personas más desamparadas que yo y eso me ayudó un poco a no verme tan desgraciado, pero los caminos que transitaba con mis amigos eran negros y llenos de maleza y en esas condiciones tuvimos que cargar con nuestras piedras, cada vez más pesadas, con momentos donde su peso se amortiguaba y otros insoportables como el día que decidimos drogarnos de verdad y es peso, a mí me aplastó, no sé si también a mis compañeros. ¿es eso?

    —Sí Sísifo, lo has comprendido bastante bien; si te sirve de consuelo muchos en tu lugar hubiesen hecho lo mismo. A tu madre su autocompasión le impedía ver tu sufrimiento y aunque te quería, se conformaba con darte lo que materialmente necesitabas y algo más, pero lo esencial se le escapaba (a comunicación con cariño). Con tu padre pasó algo diferente, la ambición que sentía por obtener el poder le daba alas para seguir hacia adelante y aunque su bola también cogía peso, el propio poder lo amortiguaba y se lanzaba a disfrutar de todos los privilegios que le concedía. En cuanto a ti pensaba que dándote dinero en exceso, te compensaría de su alejamiento. Seguramente que llegará el día en que el poder disminuya pues (todo es efímero) y empezará a sentir el peso de su piedra sobre las espaldas y puede aplastarlo o no, pues como ya dije la percepción de la consciencia es imprevisible.

    En mi rostro se dibujó la tristeza, pues no quería que mis padres sufrieran ni tampoco mis amigos ¿qué les habría pasado a ellos? Todos habían consumido el mismo producto y la misma cantidad, de algo muy fuerte por primera vez.

    Sol que leyó mis pensamientos – dijo– por hoy ya basta de cosas tristes; puedes levantarte y caminar por este lugar apacible, al mismo tiempo que continúas recapitulando tu vida, eso te ayudará a discernir lo correcto e incorrecto, de tus comportamientos pasados y si la fuerza de la vida te llama, serás una persona nueva.

    —¿Tú crees que volveré a la vida terrenal?

    —Eso depende de tu fortaleza vital —contestó—, en este momento en la Tierra te encuentras en un hospital debatiéndote entre la vida y la muerte, con la presencia de tus padres.

    Cuando Sol desapareció me levanté con una ligereza desconocida que me sorprendió. Caminaba por el paisaje verde claro y apacible, mientras mi mente volvía a recordar momentos del pasado. Sol tenía razón; debería de examinar con detalle las vivencias que me llevaron a esta situación.

    Recordaba con precisión el día que fumé mi primer porro estimulado por los nuevos amigos, mientras una tos persistente me impedía continuar, y que las risas de ellos convertían el evento en algo gracioso; para mí no lo era, quería demostrarles que aunque acababa de cumplir trece años era capaz de hacer lo mismo que ellos, y el no conseguirlo me entristecía. Adela fue la primera en animarme.

   —No te preocupes Sísifo, yo tardé más de ocho días en poder fumar.

    Esas palabras me ayudaron y cuando estuve en casa solo, prendí otro cigarro con el mismo resultado, pero la obstinación por no hacer el ridículo me obligó a continuar intentándolo los días siguientes hasta conseguir no toser, pero con un dolor de cabeza y una somnolencia desagradable, otras veces me producía nauseas insoportables ¿qué placer encuentran mis compañeros fumando?,  con esas preguntas me quedaba dormido.

    Después conseguía vivencias más o menos racionales, unas veces agradables y otras desasosegantes, igual que mis compañeros. Lo cierto fue que ya no podía pasar sin fumar.

    Así pasaron tres años y medio, cuando mi madre regresaba a casa yo estaba dormido o fingía estarlo y no se enteraba de nada. En cuanto a mi padre, solo le interesaban mis notas que sorprendentemente continuaban siendo aceptables. En los últimos tiempos logré que mi madre me permitiera pasar alguna noche con algún amigo, eso le decía yo, pero en realidad esas noches eran de un desmadre total; escogíamos un lugar apropiado y consumíamos alcohol además de los porros. Siempre lo hacíamos las vísperas de festivos pues el día siguiente lo pasábamos durmiendo, a mi madre le decía que mi amigo había organizado un fiesta y me encontraba cansado.

    El último año antes de aterrizar aquí, mi salud empezó a resentirse con los excesos, pero me las arreglaba para que mis padres no se enteraran.

    En verano me solían enviar el mes de julio, a una colonia de vacaciones en la montaña, la última vez compartí habitación con Enrique y por la noche nos entregábamos a nuestros vicios. Surgió algo inesperado, una chica llamada Anita bella y dulce, acaparó mi atención y me enamoré por primera vez. Enrique se quejaba de mi comportamiento, pues solo fumaba en momentos puntuales, pasaba todo el tiempo que podía con Anita, su carácter dulce me recordaba a mi abuela y sentí admiración por ella. Los besos fueron más allá de lo habitual, un día que nos encontrábamos alejados del grupo en un paisaje verde con alguna encina, detrás de una de ellas hicimos el amor. Fue algo desconocido y hermoso para mí, y creo que también para ella. Solo quedaban ocho días para regresar a casa y puedo decir, que fueron los más felices vividos después de la muerte de mi abuela.

    El mes siguiente que era agosto solía ir con mi madre a algún lugar de playa y en sitios distintos cada verano, donde yo me aburría mientras ella con su amigo de turno parecía divertirse. Ese año fue diferente, estuve pendiente todo el tiempo de los mensajes que me llegaban al móvil de Anita. Ella también pasaba ese mes con sus padres. En los mensajes amorosos predominaban el deseo de que el tiempo transcurriera para estar juntos y vivíamos con esa ilusión.

    Cuando llegó ese momento, también reanudé las reuniones con mis compañeros y eso dificultaba el que le dedicara a Anita, todo el tiempo que deseaba. Durante el periodo estival habían ocurrido cosas desagradables,  Aurora recibió una nota del Instituto diciendo que su comportamiento a veces era un tanto pernicioso para el conjunto, y quizás no podría seguir en el centro. Sandra recibió algo parecido. Seguramente que algún alumno que estaba al corriente de nuestros excesos, fue con el cuento a la dirección.

    Aurora y Sandra eran las más indefensas, y ellas deberían de ser el chivo expiatorio. En cuanto a mí; sabían que mi padre era un líder político conocido y preferían dejarme al margen. A Gaspar y a Enrique, se limitaron a enviarles una nota a sus padres diciéndoles que deberían de vigilarlos. Los padres de Gaspar lo tuvieron en cuenta y próximamente, ingresaría en un internado; no estaba con ellos porque le habían prohibido las salidas, Enrique nos  lo había contado y en cuanto a él, le sometieron a un interrogatorio y supo salir indemne por el momento, pero debería de tener mucho cuidado.

    Yo estaba furioso por el comportamiento que tuvieron hacia las chicas, y dentro de mí emergió un rabia y una fuerza, desconocida. Fuimos Enrique y yo, a hablar con la dirección para que reconsideraran las decisiones, podrían haber cometido algún error, pero nada que no se pudiese reparar, y que ellas necesitaban más que nadie continuar con sus estudios. Si las expulsaban se lo contaría a mi padre y quizás él pudiera intervenir.

    Los argumentos les convencieron quizás, por miedo a que el centro pudiese salir en los medios, y decidieron darles otra oportunidad, pero estarían vigiladas y nosotros también.

    La situación era muy complicada: todos sabíamos que por mucho que nos esforzáramos, volveríamos a caer.

    Resultaba sarcástico, el que yo hubiese utilizado a mi padre que ni siquiera se ocupaba de mí, pero eso, ellos no lo sabían yo estaba contento con el resultado.     El ambiente era inestable e irritante, todos deseábamos dejar de drogarnos pero éramos conscientes de que solos no lo conseguiríamos. Yo lo había intentado por Anita durante más de dos días, y después de tener un humor de perro y un desasosiego insoportable dentro de mi cabeza acabé fumando otra vez. A los demás les había ocurrido algo parecido. Discutíamos sobre la

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