#34 páginas de la novela ciencia-ficción existencial “sin publicar” e inspirada en el Principito, aunque más actual, una computadora crea los mundos y las consciencias “Un Sísifo contemporáneo”, en http//nelygarcia.wordpress.com-.

                   Un Sísifo contemporáneo

   Mis pupilas contemplan un paisaje fascinante; el horizonte de un color blanquecino contrasta con el paisaje vacío de contenidos, solo existe un suelo verde claro, con matices esmeralda sobre el cual me encuentro tendido. No sé con exactitud quién soy y por qué estoy aquí. Me encuentro cansado cerraré otra vez los ojos, quizás necesite algo más de reposo para recordar. Mis párpados comienzan a bajar sobre mis pupilas y el entorno empieza a desaparecer, pero ¡qué veo! un niño se acerca, mis parpados se abren otra vez extrañados.

    –Hola,—dijo— cuando estaba a mi lado.

    Antes de responder le miré con asombro: debía de tener unos siete años, su tez era morena con cabellos negros ensortijados, una sonrisa iluminaba su rostro, todo en él transmitía felicidad y sosiego.

    —Hola —contesté— ¿quién eres y a dónde estoy?

    El niño volvió a sonreír antes de hablar.

    —Debería de ser yo quien te preguntara ¿quién eres? Pero te diré a donde estas.  Te encuentras en un lugar de ensueño que solo se puede acceder por medio de una posición transcendente: me llamo Sol y vivo en todas las consciencias y todos los tiempos, aunque puedo hacerlo simultáneamente me gusta estar en un solo lugar cuando se requiere mi presencia. Te he visto emerger de una profundidad obscura y he venido a saludarte.

    Estaba absorto y perplejo, lo primero que pensé fue ¡es la primera vez que veo un Sol morenito! ¿será que al vivir en esa estrella su piel se haya bronceado?  

    —¡No te distraigas con especulaciones ridículas! leo tus pensamientos, lo que quiero saber es tu nombre y de dónde vienes.

    —Perdona Sol estoy tan confundido que no logro concentrarme; creo que me llamo Sísifo y no estoy seguro, pero tengo la sensación de que he aterrizado en este lugar después de haber consumido gran cantidad de droga, para eludir el tener que cargar con un pedrusco y el planeta de donde procedo se llama Tierra.

    —Claro, eres un Sísifo contemporáneo en tu país, pues el de la mitología vivió mucho antes, pero el peso existencial puede ser el mismo en ambas épocas, y para no sentir la carga, te introduces por un camino equivocado

    —Claro —dije— ¿pero tengo otra solución?

    —Sí la tienes —contestó—el niño con entusiasmo– y a añadió; el pedrusco acompaña a todo inicio de vida y cada ser puede transportarlo o ignorarlo, limitándose a vivir todos los momentos de su vida para descubrir realidades sorprendentes, y no limitarse a caminar con la piedra sobre sus hombros, en aras de conseguir dinero, reconocimiento, poder o diversiones, esas cosas no son necesarias para ser feliz.

    —Creo que te equivocas —dije—, en la Tierra nadie puede ser feliz sin medios económicos y todo lo que has mencionado.

    —Bueno ya lo comprenderás, ahora quiero dejarte solo para que recapacites y veas con claridad tu vida pasada. Cuando lo hayas asimilado volveré —dijo el niño— mientras se alejaba.

    ¡Qué extraña situación! —pensé— mientras mí mente retrocedió al pasado reciente. Ahora recuerdo una explanada obscura y solitaria, me acompañaban unos amigos dos chicas y dos chicos. Ese día yo había conseguido dinero extra y para celebrarlo, compramos cocaína en abundancia y escogimos ese lugar solitario para consumirla y así, escapar de una situación confusa y dolorosa.

    Mi recuerdo retrocede a las primeras percepciones de mi existencia. Mis padres parecía que me adoraban pues yo era el centro, sus caricias me hacían sentirme feliz y creo que ellos también lo eran. También recuerdo a mi abuela materna, estaba viuda y mis padres recurrían a ella, en momentos puntuales para que me cuidara. Era una mujer dulce e inteligente, se llamaba Mónica ¡ahora me doy cuenta! con el tiempo, ella se convirtió en mi confidente.  Mis padres solicitaban sus servicios con más frecuencia y ella estaba encantada de cuidarme y yo era feliz a su lado.

   Un día cuando tenía ocho años le pregunté el por qué, mis padres me habían puesto de nombre Sísifo, pues en el colegio se burlaban de él, ¡no hagas caso me dijo!, tus papás se conocieron en la universidad y a los dos les encantaba la mitología griega, por esa razón te pusieron ese nombre, en cuanto a las burlas pues verás, los niños siempre encuentran una escusa para mofarse de los más débiles y así, olvidarse de sus propias dificultades, eso está mal, pero algunos lo hacen y la mejor defensa es no darle importancia, pues si perciben que te molesta o te entristece, las burlas irán en aumento, mientras que si se dan cuenta de que te resbala, dejan de hacerlo pues ya no tiene atractivo.

    —¿Qué es la mitología griega? —le había preguntado y ella con mucha dulzura me lo explicó y lo entendí—, Sísifo estaba condenado a llevar acuestas una pesada piedra.

    —Y ¿por qué estaba condenado?

    —Mira hijo, eso no lo puedes entender ahora, cuando seas mayor te lo explicaré.

   ¡No me lo pudo explicar! falleció un año más tarde. ¡ahora sé! que desde el momento de su partida empecé a cargar con mi piedra.

    Mis padres ya no eran los mismos de antes, se introdujeron en la política y cada vez estaban más ocupados. Al no tener a la abuela recurrían a personas desconocidas para que me cuidaran y no estuve a gusto con ninguna de ellas. Echaba de menos  a la abuela y también a mis padres, era como si pasaran de mí ¡eso sí! me cubrían de regalos y siempre disponía de dinero abundante, para mis gastos.

    Mi padre escalaba puestos y se convirtió en un líder, mientras que mi madre no destacaba mucho y los celos empezaron a visitarla no solo por el ascenso que también, sino porque muchas mujeres hermosas se acercaban a él.

    Desde este lugar insólito, los recuerdos toman un significado diferente. Recuerdo como muchos días de regreso a casa dejaba que la ensoñación se instalara en mi mente, “me convertía en un ángel y volaba por encima de las cabezas de mis padres, les hablaba de lo ridículas y nocivas, que eran sus discusiones sobre todo para su hijo, parecían comprenderlo y prometían cambiar”, sin embargo, cuando llegaba a casa todo continuaba lo mismo. La mayoría de las veces una nota en mi cuarto me informaba, de que la persona de turno que se ocupaba de mí prepararía mi cena y me ayudaría con los deberes, ellos por razones de trabajo llegarían a casa muy tarde.

   Esa forma de proceder se convirtió en algo habitual y pasado el tiempo, cuando después de dejarme acostado, la mujer empleada se iba, me levantaba cogía un porro y fumaba. ¿Cómo los conseguía? Se preguntará el lector. En el colegio había circulado el rumor de que yo disponía de dinero en abundancia para mis gastos y los enganchados a la hierba, no dudaron un segundo en presentarse como amigos. Un niño como yo, falto de cariño y comunicación, sucumbió a la primera envestida por parte de ellos.

    Sandra era  líder del grupo y como los otros tenía dos años más que yo, procedía de una familia donde los padres al igual que los míos, se peleaban entre sí y a ella la ignoraban. Era una chica dominante y alegre, practicaba sexo con cualquiera que le ofreciera algo a cambio,  y otras veces por puro placer. Fue ella la que me inició en el juego sexual ¡eso sí! después de haber comprado porros para todo el grupo, ella también era la encargada de conseguirlos.

    Adela era una muchacha pobre que por su propia decisión se impuso la tarea de estudiar para ser alguien en la vida, no como sus padres que sobrevivían con trabajos esporádicos duros y mal pagados, cada uno por su lado y no tenía otra opción debería de desenvolverse. Ella y su hermano habían ejercido la mendicidad en momentos puntuales. En el colegio se encontraba desplazada por su falta de recursos, y como me ocurrió a mí, los amigos marginados la acogieron y se convirtió en una más de la familia.

    Gaspar y Enrique, procedían de familias adineradas, con ideologías de extrema derecha y se unieron al grupo por pura venganza y contradicción, hacia el comportamiento duro de de sus familias.

    Todos se necesitaban entre sí, eran adictos a las drogas blandas y cuando olfateaban una ocasión para obtener dinero fácil, no la desperdiciaban; así fue como yo Sísifo me convertí en el más joven del grupo y el que más dinero aportaba.

    Ahora lo veo con más claridad, ellos me ayudaron a soportar la separación de mis padres y su lucha sin cuartel. Los juicios y las peleas, se hicieron insoportables para mí y encontraba consuelo contándoles mis penas.

     Al final se separaron y la custodia corría a cargo de los dos, pero de común acuerdo viviría con mi madre, en la casa familiar de siempre. Mi padre que para entonces ya convivía con otra mujer, se limitaba a recogerme algún fin de semana y entregarme a sus padres que vivían fuera de la ciudad. Los abuelos me trataban con frialdad y no dudaban en hacerme saber que, me acogían por la  lástima que tenían hacia el hijo, que había escogido la ideología de izquierda para hacer política sabiendo que ellos eran de derechas. Esos fines de semana resultaban insoportables para mí y cuando se lo contaba a los amigos, me animaban con sus bromas y consejos, para soportarlo y olvidarlo era necesario entregarse  al vicio.

   —No te apures me —decían— ya vas a cumplir catorce años aguanta un poco más, cuando cumplas los dieciocho los abandonas, como han hecho Sandra y Adela, nosotros también lo haremos.

   —Nosotras lo hemos hecho sin haber cumplido los dieciocho, tenemos dieciséis, ha sido por pura necesidad y nuestro día a día no es fácil —había dicho Adela.

   Sandra más fuerte que ella enseguida intervino, —anda fúmate el porro y no te pongas triste.

    Yo me daba cuenta de que la situación de ellas era mucho peor que la mía ¿cómo podía quejarme? Esa constatación me daba fuerza para seguir adelante.

   Me senté, miré el paisaje apacible y hermoso ¿ha sido el consumo de una droga fuerte lo que me condujo hasta aquí? —pensé—, en el mismo momento de hacerme esa pregunta, Sol apareció a mi lado.

    —Hola Sísifo, ya sabes que leo tus pensamientos y tu pregunta tiene una respuesta ambigua: el consumo de cocaína te condujo hasta aquí, pero también pudo haberte transportado hacia un lugar donde el dolor, las alucinaciones monstruosas o el miedo, predominaran. Pienso que de alguna manera, el espíritu de tu abuela Mónica te oriento.

    —¿Tú crese que mi abuela puede ver lo que hago? –dije con lágrimas en los ojos.

    —En el ámbito de una consciencia acrecentada todo puede ser posible sobre todo, cuando el amor interviene: tu abuela te quería desinteresadamente y tu le correspondías, pero dejemos eso. Has recapitulado muchos aspectos de tu vida y yo he aprendido lo bastante, sobre el por qué escogiste el camino equivocado de las drogas y también lo que les condujo a tus compañeros. Quiero hablarte sobre lo que tu abuela no pudo explicarte, el significado del mito de Sísifo de Platón.

    Al nacer a cada ser le acompaña una bola de aire que camina silenciosa a su lado, se le puede llamar el destino o algo parecido. Cuando vivía tu abuela la bola era invisible y ligera, te acompañaba pero no la veías. Hiciste una reflexión acertada cuando te diste cuenta de que el día de su fallecimiento, el peso de la bola se hizo presente.

    —Sí, eso lo deduje después de que en la clase de filosofía nos hablaran sobre ese mito –dije.

    —Pues bien —dijo Sol—, al quedarte solo la autocompasión se apoderó de ti y la bola comenzó a coger un peso considerable. La importancia personal es un egoísmo disfrazado y el mayor impedimento para ser feliz. Tú te considerabas el niño más desgraciado del mundo, por haber perdido el único apoyo válido a tu entender que tenías y ¡claro! tú no merecías eso pues te consideras importante y bueno. No te preocupes demasiado cuando empleo palabras radicales, a la mayoría de los humanos les ocurre lo mismo. Tu madre también se compadecía de ella misma al sentirse abandonada por tu padre, también consideraba que no lo merecía y la piedra también cogía un peso insoportable para ella y para evadirse se lanzaba a los reproches o conductas equivocadas diversas.

    —Es verdad —dije—un día descubrí porros en su dormitorio, seguramente que también fumaba ¿cómo se puede evitar?

    En los labios de Sol se dibujó una sonrisa y —dijo— con amor, ese sentimiento lo puede todo. El mundo está en constante movimiento y cuando nos envuelve ese sentimiento dejamos que el movimiento del mundo nos transporte sin que nosotros hagamos ningún esfuerzo, solo tenemos que permanecer estáticos viviendo todos los momentos de la mejor manera posible y ver cómo pasan a nuestro lado todas las posibilidades, cuando percibimos alguna que nos agrada nos lanzamos hacia ella y la atrapamos, con esos comportamientos la bola también permanece silenciosa y ligera como el aire.

   —¿Quieres decir que es el mundo que se mueve por nosotros? —pregunté.

    —Lo ideal —añadió Sol— sería que todos permaneciéramos quietos y en alerta, pero con amor y sosiego, para poder discernir con precisión las diferentes oportunidades que se nos ofrecen y sospecho que me preguntarás  ¿y si lo que se nos ofrece son dolores, aberraciones o dificultades? —pues sí—, eso quería preguntar.

    Sol me miraba divertido y —contestó. En primer lugar donde está el amor, no caben todos esos supuestos, la consciencia tiene posibilidades infinitas de percepción y cuando el amor alberga en el ser, percibe situaciones agradables y otras que pueden no serlo, pero tiene talento para esquivarlas sin dificultad. Ahora hablemos de cómo la bola va cogiendo peso. Te dije que la bola se hace pesada al ponerse en movimiento de defensa o autocompasión, y lucha por conseguir poder o ambición exagerada, entre otros motivos, sin reflexionar que su paso por la vida es efímero y las cosas que persigue también, además, de que no le darán las satisfacciones deseadas; se dará cuenta quizás demasiado tarde, de que mientras perseguía metas inexistentes, la vida había pasado sin que hubiese descubierto lo esencial del camino a saber: el amor, la armonía y el disfrute de la simplicidad cotidiana y sus sorprendentes descubrimientos.

    —Creo que empiezo a comprender —dije—, cuando vivía mi abuela yo estaba tranquilo y satisfecho, si algo me entristecía se lo contaba y ella me daba los consejos apropiados y me volvía la alegría habitual. Cuando falleció mis padres comenzaron a pelearse, me sentí solo y desamparado, mi mente empezó a especular sobre mi situación  y la autocompasión ya conocida se instalo dentro de mí, la salida que se me presentó no fue la mejor, pero me di cuenta de que había personas más desamparadas que yo y eso me ayudó un poco a no verme tan desgraciado, pero los caminos que transitaba con mis amigos eran negros y llenos de maleza y en esas condiciones tuvimos que cargar con nuestras piedras, cada vez más pesadas con momentos donde su peso se amortiguaba y otros insoportables como el día que decidimos drogarnos de verdad y su golpe, a mí me aplastó, no sé si también a mis compañeros ¿es eso?

    —Sí Sísifo, lo has comprendido bastante bien; si te sirve de consuelo muchos en tu lugar hubiesen hecho lo mismo. A tu madre con su autocompasión le impedía ver tu sufrimiento y aunque te quería, se conformaba con darte lo que materialmente necesitabas y algo más, pero lo esencial se le escapaba “la comunicación y el cariño”. Con tu padre pasó algo diferente, la ambición que sentía por obtener el poder le daba alas para seguir hacia adelante y aunque su bola también cogía peso, el propio poder lo amortiguaba y se lanzaba a disfrutar de todos los privilegios que le concedía. En cuanto a ti pensaba que dándote dinero en exceso, te compensaría de su alejamiento. Seguramente que llegará el día en que el poder disminuya pues “todo es efímero”  y empezará a sentir el peso de su piedra sobre las espaldas y puede aplastarlo o no, pues como ya dije la percepción de la consciencia es imprevisible.

    En mi rostro se dibujó la tristeza, pues no quería que mis padres sufrieran ni tampoco mis amigos ¿qué les habría pasado a ellos? Todos habían consumido el mismo producto y la misma cantidad, de algo muy fuerte por primera vez.

    Sol que leyó mis pensamientos —dijo— por hoy ya basta de cosas tristes; puedes levantarte y caminar por este lugar apacible, al mismo tiempo que continúas recapitulando tu vida, eso te ayudará a discernir lo correcto e incorrecto, de tus comportamientos pasados y si la fuerza de la vida te llama, serás una persona nueva.

    —¿Tú crees que volveré a la vida terrenal?

    —Eso depende de tu fortaleza vital —contestó—, en este momento en la Tierra te encuentras en un hospital debatiéndote entre la vida y la muerte, con la presencia de tus padres.

    Cuando Sol desapareció me levanté con una ligereza desconocida que me sorprendió. Caminaba por el paisaje verde claro y apacible, mientras mi mente volvía a recordar momentos del pasado. Sol tenía razón; debería de examinar con detalle las vivencias que me llevaron a esta situación.

    Recordaba con precisión el día que fumé mi primer porro estimulado por los nuevos amigos, mientras una tos persistente me impedía continuar, mientras que las risas de ellos convertían el evento en algo gracioso; para mí no lo era, quería demostrarles que aunque acababa de cumplir trece años era capaz de hacer lo mismo que ellos, y el no conseguirlo me entristecía. Adela fue la primera en animarme.

   —No te preocupes Sísifo, yo tardé más de ocho días en poder fumar.

    Esas palabras me ayudaron y cuando estuve en casa solo, prendí otro cigarro con el mismo resultado, pero la obstinación por no hacer el ridículo me obligó a continuar intentándolo los días siguientes hasta conseguir no toser, pero con un dolor de cabeza y una somnolencia desagradable, otras veces me producía nauseas insoportables ¿qué placer encuentran mis compañeros fumando?,  con esas preguntas me quedaba dormido.

    Después conseguía vivencias más o menos racionales, unas veces agradables y otras desasosegantes, igual que mis compañeros. Lo cierto fue que ya no podía pasar sin fumar.

    Así pasaron tres años y medio, cuando mi madre regresaba a casa yo estaba dormido o fingía estarlo y no se enteraba de nada. En cuanto a mi padre, solo le interesaban mis notas que sorprendentemente continuaban siendo aceptables. En los últimos tiempos logré que mi madre me permitiera pasar alguna noche con algún amigo, eso le decía yo, pero en realidad esas noches eran de un desmadre total; escogíamos un lugar apropiado y consumíamos alcohol además de los porros. Siempre lo hacíamos las vísperas de festivos pues el día siguiente lo pasábamos durmiendo, a mi madre le decía que mi amigo había organizado un fiesta y me encontraba cansado.

    El último año antes de aterrizar aquí, mi salud empezó a resentirse con los excesos, pero me las arreglaba para que mis padres no se enteraran.

    En verano me solían enviar el mes de julio, a una colonia de vacaciones en la montaña, la última vez compartí habitación con Enrique y por la noche nos entregábamos a nuestros vicios. Surgió algo inesperado, una chica llamada Anita bella y dulce, acaparó mi atención y me enamoré por primera vez. Enrique se quejaba de mi comportamiento, pues solo fumaba en momentos puntuales, pasaba todo el tiempo que podía con Anita, su carácter dulce me recordaba a mi abuela y sentí admiración por ella. Los besos fueron más allá de lo habitual, un día que nos encontrábamos alejados del grupo en un paisaje verde con alguna encina, detrás de una de ellas hicimos el amor. Fue algo desconocido y hermoso para mí, y creo que también para ella. Solo quedaban ocho días para regresar a casa y puedo decir, que fueron los más felices vividos después de la muerte de mi abuela.

    El mes siguiente que era agosto solía ir con mi madre a algún lugar de playa y en sitios distintos cada verano, donde yo me aburría, mientras ella con su amigo de turno parecía divertirse. Ese año fue diferente, estuve pendiente todo el tiempo de los mensajes que me llegaban a mi móvil de Anita. Ella también pasaba ese mes con sus padres. En los mensajes amorosos predominaban el deseo de que el tiempo transcurriera para estar juntos y vivíamos con esa ilusión.

    Cuando llegó ese momento, también reanudé las reuniones con mis compañeros y eso dificultaba el que le dedicara a Anita, todo el tiempo que deseaba. Durante el periodo estival habían ocurrido cosas desagradables,  Aurora recibió una nota del Instituto diciendo que su comportamiento a veces era un tanto pernicioso para el conjunto, y quizás no podría seguir en el centro. Sandra recibió algo parecido. Seguramente que algún alumno que estaba al corriente de nuestros excesos, fue con el cuento a la dirección.

    Aurora y Sandra eran las más indefensas, y ellas deberían de ser el chivo expiatorio. En cuanto a mí; sabían que mi padre era un líder político conocido y preferían dejarme al margen. A Gaspar y a Enrique, se limitaron a enviarles una nota a sus padres diciéndoles que deberían de vigilarlos. Los padres de Gaspar lo tuvieron en cuenta y próximamente, ingresaría en un internado; no estaba con ellos porque le habían prohibido las salidas, Enrique nos  lo había contado y en cuanto a él, le sometieron a un interrogatorio y supo salir indemne por el momento, pero debería de tener mucho cuidado.

    Yo estaba furioso por el comportamiento que tuvieron hacia las chicas, y dentro de mí emergió un rabia y una fuerza, desconocida. Fuimos Enrique y yo, a hablar con la dirección para que reconsideraran las decisiones, podrían haber cometido algún error, pero nada que no se pudiese reparar, y que ellas necesitaban más que nadie continuar con sus estudios. Si las expulsaban se lo contaría a mi padre y quizás él pudiera intervenir.

    Los argumentos les convencieron quizás, por miedo a que el centro pudiese salir en los medios, y decidieron darles otra oportunidad, pero estarían vigiladas y nosotros también.

    La situación era muy complicada: todos sabíamos que por mucho que nos esforzáramos, volveríamos a caer.

    Resultaba sarcástico, el que yo hubiese utilizado a mi padre que ni siquiera se ocupaba de mí, pero eso ellos no lo sabían y estaba contento con el resultado.

    El ambiente era inestable e irritante, todos deseábamos dejar de drogarnos pero éramos conscientes de que solos no lo conseguiríamos. Yo lo había intentado por Anita durante más de dos días, y después de tener un humor de perro y un desasosiego insoportable, dentro de mi cabeza acabé fumando otra vez. A los demás les había ocurrido algo parecido. Discutíamos sobre la posibilidad de pedir ayuda, pero eso desembocaría en que todos se enteraran y las consecuencias podían ser peores.

    Las chicas sobre todo Sandra, me reprochaba el que me hubiese enamorado de Anita y me aconsejaban que la trajera a las reuniones, pues si me quería de verdad debería de conocerme bien y aceptar mis debilidades. Yo pensaba que en parte tenían razón, ellos me habían acogido cuando lo necesitaba “aunque lo hubiesen hecho por interés” ¿qué me hubiese pasado sin ellos? En aquella época tenía algo más de trece años y estaba completamente solo y desamparado. Además, les había cogido cariño y también ellos a mí, éramos como una familia clandestina. El deseo de que se integrara Anita en el grupo; podía ser por el miedo a perderme, un proceder un tanto egoísta pero ¿Quién carecía totalmente de ese sentimiento?

    Cuando estaba con Anita entre las caricias le sugería que podría acompañarme a las reuniones con mis amigos: al principio me —decía.

    —Yo no necesito a tus amigos te necesito a ti.

   —Pero debes de conocer todo sobre mi, incluido los lugares que frecuento

—respondía.

   Cuando quedaba solo me invadía una especie de remordimiento ¿cómo puedo ser tan malo para introducirla en nuestro pozo? Pero después me decía que lo formulado por las chicas era verdad, si no le gustaba lo que hacía era libre de dejarme, pero esa posibilidad me dolía y aumentaba la confusión en la cual estaba sumido.

   Un día Anita me dijo que al constatar el empeño que tenía accedía a acompañarme. Yo sabía el riesgo que eso conllevaba o que ella acabara introduciéndose en ese pozo.

     Durante todo el día estuve nervioso e irritable ¿qué me pasaba? ¿Era tan imbécil que me dejaba influenciar de esa forma? El amor por Anita era importante pero, no lo suficiente para abandonar a mis compañeros.

    Conocíamos un caserón abandonado en un lugar algo alejado de la ciudad, las puertas estaban selladas con un tabique de ladrillo y las ventanas con tablas clavadas. Nosotros habíamos quitado los clavos en una de ellas y nos deslizábamos al interior. Era una casa abandonada de una sola planta pero con numerosas piezas, en una de ellas se apreciaban restos de lo que pudo ser una cocina con una chimenea grande. Podría haber sido una casa de labranza o una cantina en épocas pasadas, estaba rodeada de un espacio vacío lleno de maleza y cercado por una pared baja y cubierta de espinos. Nosotros descubrimos un pequeño agujero disimulado, por el cual podíamos acceder. El interior del recinto estaba obscuro pero llevábamos una linterna o varias, para tener repuesto. Ese lugar lo habíamos descubierto hacía unos meses por casualidad.    

    Escogíamos una pieza grande donde unas sillas destartaladas y una mesa rústica deteriorada, amueblaban la pieza. Solíamos estar allí las vísperas de fiesta en las cuales además de fumar bebíamos alcohol. Poníamos sobre la mesa las botellas y unos vasos de plástico que solíamos llevar además, de sacos de dormir que casi nunca utilizábamos pues la noche pasaba entre alucinaciones o vómitos, cada uno con su aturdimiento unas veces dispersos y otras, acurrucados entre sí.

    Anita y yo nos dirigíamos al lugar: ella se quejaba de lo lejos que estaba y cuando llegamos y le dije que se introdujera por el hueco disimulado de la cerca, sus ojos reflejaban estupor.

    —Pero ¿a dónde me llevas? —dijo.

    —No tengas miedo —añadí— es que nos gusta estar solos.

    Ella no estaba convencida del todo y cuando le tocó saltar por la ventana, su confusión se acentuó.

    Era una muchacha sin grandes dificultades y educada con ética, pero sin ningún conocimiento sobre los extremos que pueden existir a su alrededor.

    En el interior, ya se encontraban los demás y la fui presentado uno por uno menos a Enrique que ya la conocía. Ella escéptica les daba un abrazo escueto y sin ninguna gana de hacerlo.

    Cuando nos sentamos, Enrique que la conocía del campamento y por cierto  “a Anita no le caía bien” le ofreció un porro. Ella me miró con horror en los ojos y —dijo.

    —Pero Sísifo ¿qué es esto?

    —Nada del otro mundo, solo un poco de diversión —dije.

    —Pues a mí, esa clase de diversiones no me satisfacen —dijo mal humorada— mientras los miraba a todos con aprensión y Sandra intervino.

   —¡No seas cursi hija! estas cosas ocurren sin que tú, con tus privilegios de familia bien no te hayas dado cuenta.

    —¡Vamos Sísifo! no quiero estar aquí ni un solo minuto más.

    Yo me sentí dolido por el desprecio que mostraba hacia mis amigos y con sarcasmo —dije— ¿te crees mejor persona que ellos?

    —Si no es mucho pedir —dijo con lágrimas en los ojos y rabia—, quisiera que me ayudaras a salir de esta pocilga.

    —Vamos —añadí muy dolido.

    Le ayudé a salir y una vez en el exterior, me miró con rabia y sin dejar de llorar me —dijo. —Me has engañado Sísifo, hasta nunca y antes de que yo pudiera contestar empezó a corre.

    Cuando regrese abatido percibí que mis compañeros también lo estaban. Todos sabíamos como era de inestable nuestra situación, pero el desprecio de Anita hacia nosotros acentuó esa inquietud. Nos queríamos como amigos cercanos,  ellos conocían mi sufrimiento y de alguna forma se sentían culpables, tenía que intervenir y  —dije.

    —Las cosas han sucedido como cabía esperar, no fue vuestra culpa, yo soy el único responsable de mis actos y cuando decidí traer a Anita, ya sabía lo que podía pasar. Todos estamos atravesando un momento muy difícil que deberemos de abordar juntos.

    —Estoy de acuerdo —dijo Sandra—, pero hoy hemos venido hasta aquí para divertirnos ¿lo hacemos o renunciamos? Todos respondimos a la vez: fumemos unos porros y después para casa, las botellas de alcohol mejor no abrirlas.

    Y eso ocurrió, fumamos dos porros y salimos al exterior; una vez en la ciudad nos despedimos con un abrazo y el semblante preocupado.

    Cuando quedé solo llamé a Anita para disculparme, pero no cogió el teléfono triste y abatido, me acosté.

    A la mañana siguiente día festivo, mi madre estaba contenta y su nueva pareja también. Esta vez su amigo no me caía tan mal como los otros. Mi madre muy risueña me comunicó, que a mi padre le habían nombrado Presidente del partido y dos días después, harían su presentación a los militantes y a los medios, después celebrarían una fiesta a la cual estábamos invitados.

    Yo me sorprendí por la reacción positiva de mi madre, pues siempre criticaba los discursos o decisiones de mi padre. Quizás —pensé— el hecho de pertenecer al mismo partido, siempre sería mejor llevarse bien con el Presidente. A mí, ese nombramiento me era indiferente pero la actitud conciliadora de mi madre me agradaba.

    Continuaba enviando mensajes al móvil de Anita y ella ni los abría. Como siempre recurrí a enviar mensajes a mis amigos para contarles mis penas, y ellos me respondían de inmediato, siempre estaban presentes en los momentos difíciles y se lo agradecía. También les conté, lo del nombramiento de mi padre y las bromas enviadas al móvil eran continuas, ¡un papá Presidente y la situación en la que te encuentras tiene morbo! decía una de ellas. Nos reunimos el día antes de la fiesta de presentación. Loa ánimos continuaban igual, fumamos algo y volvimos a casa pero !eso sí! les prometí contarles los pormenores por teléfono.

    Todos esperábamos un milagro para salir del atolladero y llegó de una forma no deseada, el día de la fiesta por la noche.

    Fui a la presentación con mi madre y su amigo. El recinto estaba repleto y las cámaras enseguida nos enfocaron, por ser la ex y el hijo del nuevo presidente.  Yo me sentía ridículo y solo, en medio de esa multitud que apenas conocía y que me abrazaban de una forma premeditada, seguramente esperando que las cámaras les enfocaran.

    Los abuelos paternos también estaban; parecía que el hecho de ver al hijo en la cumbre, les satisfacía y le perdonaban el que hubiese sido aupado por los militantes de izquierda, a mí me saludaron con un escueto ” a ver si tomas nota de tu padre” y eso era precisamente lo que no quería hacer. El hipócrita discurso prometiendo cosas, que yo estaba seguro de que no cumpliría me producía nausea.

    Antes de empezar la fiesta mi padre me llamó y en un reservado de la sede, con una cara radiante me —dijo.

    —Soy muy feliz hijo y quiero que tu también disfrutes de mi felicidad, de un mueble sacó un sobre me lo entregó y añadió, toma puedes ir de vacaciones solo si lo deseas pues ya tienes diecisiete años y la próxima semana son vacaciones: es una cantidad considerable, disfruta de ella. Dicho eso se le acercó su compañera y tuve que darle las gracias a toda prisa, pues cogidos de la mano salieron.

    Yo me sentía profundamente decepcionado; ni una pregunta sobre cómo me encontraba, ni cuales eran mis ilusiones.

    Después busqué a mi madre y le dije que había quedado con mis amigos  y me fui.

     Cuando quedé solo con discreción abrí el sobre y en efecto, comprobé que era una cantidad considerable para mí. Lo primero que hice fue llamar a mis amigos;  les dije que tenía un dinero extra considerable y con él podríamos adquirir droga dura, que además de poder probar algo nuevo y analizar su efecto, en ese momento yo necesitaba evadirme de una realidad que me resultaba dolorosa. Enseguida me llegaron mensajes preguntando los motivos, pero les dije que nos podíamos reunir con urgencia y se los explicaría.

    Ahora me doy cuenta de la importancia que le concedía a mi persona, pues aunque mis padres no se ocupaban de mí lo suficiente, tampoco estaba completamente abandonado, mi padre con darme dinero se procuraba una buena conciencia. En cuanto a mí, si en vez de sentirme tan desamparado hubiese apreciado lo que tenía a saber: un sitio confortable para vivir, mis necesidades materiales cubiertas y dinero extra en abundancia, algo de lo que mis amigos carecían hubiese sido mejor. Pero en aquel momento la importancia personal me cegó con las consecuencias ya conocidas, Sol tenía razón pero entonces no lo entendí.

   Había quedado con  mis amigos en un jardín cercano y allí les expuse mi situación; ellos intentaron animarme como podían, Sandra —dijo.

    —No es para tanto chico, ¡ojalá! tuviese yo unos padres que me diesen tanta pasta, ¡pasa sentimentalmente de ellos!

    —Es lo que intento hacer —dije— pero necesito la ayuda de algo fuerte para conseguirlo.

    Se entabló una conversación sobre el tema y fue Adela, la que de algún modo resolvió el sentimiento de duda —diciendo.

    —Yo me encuentro en una situación mucho peor que la tuya; no puedes saber que se siente cuando al llegar a casa no haya comida ni para mí, ni para mi hermano cuatro años más pequeño, y cómo hemos tenido que desenvolvernos unas veces, pidiendo limosna y otras, descubriendo supermercados donde tiraban comida caduca o fruta, medio podrida y para conseguir algo debíamos de ser más rápidos que las numerosas personas que esperaban lo mismo. Cuando lo llevábamos a casa nuestra madre también lo consumía porque lo que ella ganaba era algo miserable. De nuestro padre solo sabíamos algo los días que no estaba borracho y nos daba un poco de dinero, esos días eran muy escasos. Y como yo tenía que disimular la situación porque quería estudiar y no sentirme diferente entre los compañeros. Algunas veces imitando a Sandra me prostituí pero fue muy humillante. En la actualidad ya no sé si puedo conseguir lo que me había propuesto con los problemas agravados que todos conocemos. Quizás debería de buscar trabajo, ¿pero qué puedo hacer con mi adicción y el no estar preparada para desempeñar cargo alguno? Quizás esta sea la ocasión de lanzarme en algo desconocido puede resultar arriesgado y me pregunto ¿qué puedo perder? ¿La vida tiene importancia para mí?

    Todos permanecimos callados y yo empecé a darme cuenta de lo egoísta que era al desesperarme por algo insignificante, comparado con la situación de Adela; esas reflexiones  en lugar de calmarme añadían más confusión. Sandra también habló, era como si nos estuviésemos confesando antes de morir.

    —Todos me conocéis como un chica desenvuelta y decidida, pero solo es una máscara para ocultar una realidad insoportable. Desde niña mis padres se desentendieron de mí, claro que me proporcionaban comida pero no siempre, solo estaban pendientes de sus discusiones. Un día me di cuenta de que se drogaban, entonces empecé a desarrollar mi máscara y me lancé hacia toda clase de extremos, la prostitución entre ellas, vuestra amistad ha sido lo único bueno que me ha pasado. El día que me agredieron, fue un chico del cual me había enamorado y quería que me prostituyera y le diera lo que ganaba. No soy tan imbécil, cuando me negué me dio una paliza. Desde ese momento ya no supe qué hacer ni por donde tirar, así, que una experiencia que puede costarme la vida hasta me agrada.

   Le tocó el turno a Enrique, —como ya sabéis mi familia es rica de dinero pero muy pobre intelectualmente. En mi casa solo se hace lo que mande mi padre, una persona autoritaria y mala. Mi madre le tiene miedo y eso la paralizaba cuando nos pegaba a mi hermano y a mí. Él es cinco años mayor que yo y parece que está convencido de que nuestro padre hizo lo correcto, quizás porque heredo de él su forma de ser. Yo soy el rebelde y me castigan con no darme dinero o con insultos, mi padre ya no se atreve a pegarme, en realidad es un cobarde y disfruta haciendo sufrir a los débiles, ahora solo mi madre es el chivo expiatorio, aunque tampoco se excede como lo hizo en el pasado, pues aunque mi hermano es como él, también quiere a su madre y eso lo paraliza. Yo solo le tengo cariño a mi madre y el no poder hacer nada, para evitarle sufrimientos es lo que me llevo a fumar. El dinero lo robo cuando puedo, algunas veces me arriesgo con la cartera de mi padre y otras, cojo mercancía de la empresa familiar y la vendo. Si se dieran cuenta no quiero ni pensar lo que pasaría y la carta del Instituto me pone en una dificultad añadida así, que tampoco me importa el riesgo y el descubrimiento de algo nuevo me seduce.

   Todos permanecimos callados y apesadumbrados, yo sentía vergüenza pero llegado a esa situación ¿qué podía hacer? Además, la posibilidad de descubrir algo desconocido nos seducía a todos por igual y creaba una expectativa agradable que anulaba el miedo.

    Todos estábamos de acuerdo; probaríamos algo muy fuerte y así, podríamos esclarecer el rumbo que podrían tomar nuestras vidas.

    Fuimos todos juntos hacia un punto donde podríamos conseguir la droga, que Sandra conocía.

    Estábamos delante de una casa humilde y alejada del centro. Sandra sugirió que era mejor que solo entráramos dos, mientras los otros dos esperábamos algo alejados  para no llamar la atención. Golpeamos la puerta y un señor de unos cuarenta años nos preguntó que queríamos y Sandra se lo explico, el hombre nos hizo pasar al interior a ella y a mí.

    —Queremos algo muy fuerte —dije.

   El hombre me miró antes de contestar —eso cuesta bastante.

    —No se preocupe podemos pagar —dijimos Sandra y yo. al mismo tiempo.

    El hombre nos miró algo preocupado antes de contestar —Tengo algo que os podría  convenir pero corréis un riesgo considerable.

    —Lo sabemos-dijimos.

    El hombre que estaba acostumbrado a situaciones parecidas donde el negocio era la prioridad trajo una bolsa de pastillas.

   —¿Cuantas queréis —dijo.

   —Más que suficiente —contestamos.

    Fue bien entrada la madrugada, cuando nos decidimos: el hombre que nos vendió la mercancía, nos había dicho que una pastilla era suficiente, pero una vez contadas podíamos tomar dos cada uno y todavía sobraban tres.

    Yo fui el primero en tomarlas y acto seguido lo hicieron los demás. Mi última visión fue ver a Aurora levantarse con sus manos en la boca y dispuesta a vomitar, cuando quise preguntarle que le ocurría toda mi percepción se borró hasta  que aparecí en este lugar.

    Sol había vuelto y -me dijo-.

    —Has recapitulado con bastante precisión tus últimas vivencias en la Tierra y también he notado cómo te diste cuenta de que no eras tan desgraciado como pensabas si te comparabas con tus amigos.

    —En efecto, me di cuenta porque tú me hiciste comprender lo que era la importancia personal —dije.

    —Pues ahora podrás reflexionar sobre ello con precisión —contestó.

    —Quiero preguntarte algo —dije— quisiera enterarme sobre qué les pasó a mis compañeros ¿sabes algo?

    —No Sísifo, no sé nada. Estoy en una realidad intermedia entre la racionalidad terrestre y otra creada por algunas consciencias que necesitan ayuda, tú eres una de ellas. Ya sé que para ti resulta incomprensible, pero existen realidades en paralelo, unas veces creadas por la consciencia total y otras por el inconsciente de los seres como es tu caso. Mi consciencia ha sido puesta al servicio de otras por un sentimiento de amor, y resido en esta parcela apacible y bella. Puedo vislumbrar otras muchas realidades existentes en el infinito perceptivo y que tú no puedes ni imaginar con la tuya tan reducida, la complejidad existencial. Pero no te preocupes pues mi consciencia está mucho más desarrollada y todavía se me escapa lo esencial. Te voy a prestar mi energía para que puedas contemplar algo de lo que yo percibo, gracias ­–le dije-.

    De pronto comencé a percibir una inmensidad de mundos.

    —Vamos a acercarnos a alguno de ellos —dijo Sol. Nos encontrábamos en una plaza donde fuentes, espacios verdes, con  plantas  y algún asiento, de una belleza espectacular. La poblaban humanos donde algunos estaban sentados en los bancos y  otros caminaban indiferentes, entre animales de todas las especies y algunos de ellos se reposaban en el césped. La mezcla entre humanos y animales en total armonía era impresionante, parecía un paraíso donde las serpientes no se ocupaban de embaucar a nadie, sino que se limitaban a vivir plenamente los momentos. No necesitan comer son energía pura y cuando lo desean crean cuerpos físicos —dijo Sol-. —O sea -dije- que no son como nosotros.

    —En este momento no, pero lo fueron en otro tiempo, sus consciencias evolucionaron de una forma espectacular. —Ya no llevan el pedrusco a cuestas -dije- emocionado por el espectáculo.

Hasta la página 34

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