El amargo final tras dos décadas de la misión más dura del Ejército: “Siempre temimos que pasara esto” | España (elmundo.es)

El éxito de cualquier misión social se basa en que la mayoría de los ciudadanos crean en ella, si no están convencidos por haber recibido una cultura distinta, el fracaso está asegurado.

El primer paso para que los pueblos evolucionen es dándoles una educación integral.

Nuevas páginas de la novela cienciaficción existencial. “Un Sísifo contemporáneo” hasta a página 21

    En mi rostro se dibujó la tristeza, pues no quería que mis padres sufrieran ni tampoco mis amigos ¿qué les habría pasado a ellos? Todos habían consumido el mismo producto y la misma cantidad, de algo muy fuerte por primera vez.

    Sol que leyó mis pensamientos —dijo— por hoy ya basta de cosas tristes; puedes levantarte y caminar por este lugar apacible, al mismo tiempo que continúas recapitulando tu vida, eso te ayudará a discernir lo correcto e incorrecto, de tus comportamientos pasados y si la fuerza de la vida te llama, serás una persona nueva.

    —¿Tú crees que volveré a la vida terrenal?

    —Eso depende de tu fortaleza vital —contestó—, en este momento en la Tierra te encuentras en un hospital debatiéndote entre la vida y la muerte, con la presencia de tus padres.

    Cuando Sol desapareció me levanté con una ligereza desconocida que me sorprendió. Caminaba por el paisaje verde claro y apacible, mientras mi mente volvía a recordar momentos del pasado. Sol tenía razón; debería de examinar con detalle las vivencias que me llevaron a esta situación.

    Recordaba con precisión el día que fumé mi primer porro estimulado por los nuevos amigos, mientras una tos persistente me impedía continuar, mientras que las risas de ellos convertían el evento en algo gracioso; para mí no lo era, quería demostrarles que aunque acababa de cumplir trece años era capaz de hacer lo mismo que ellos, y el no conseguirlo me entristecía. Adela fue la primera en animarme.

   —No te preocupes Sísifo, yo tardé más de ocho días en poder fumar.

    Esas palabras me ayudaron y cuando estuve en casa solo, prendí otro cigarro con el mismo resultado, pero la obstinación por no hacer el ridículo me obligó a continuar intentándolo los días siguientes hasta conseguir no toser, pero con un dolor de cabeza y una somnolencia desagradable, otras veces me producía nauseas insoportables ¿qué placer encuentran mis compañeros fumando?,  con esas preguntas me quedaba dormido.

    Después conseguía vivencias más o menos racionales, unas veces agradables y otras desasosegantes, igual que mis compañeros. Lo cierto fue que ya no podía pasar sin fumar.

    Así pasaron tres años y medio, cuando mi madre regresaba a casa yo estaba dormido o fingía estarlo y no se enteraba de nada. En cuanto a mi padre, solo le interesaban mis notas que sorprendentemente continuaban siendo aceptables. En los últimos tiempos logré que mi madre me permitiera pasar alguna noche con algún amigo, eso le decía yo, pero en realidad esas noches eran de un desmadre total; escogíamos un lugar apropiado y consumíamos alcohol además de los porros. Siempre lo hacíamos las vísperas de festivos pues el día siguiente lo pasábamos durmiendo, a mi madre le decía que mi amigo había organizado un fiesta y me encontraba cansado.

    El último año antes de aterrizar aquí, mi salud empezó a resentirse con los excesos, pero me las arreglaba para que mis padres no se enteraran.

    En verano me solían enviar el mes de julio, a una colonia de vacaciones en la montaña, la última vez compartí habitación con Enrique y por la noche nos entregábamos a nuestros vicios. Surgió algo inesperado, una chica llamada Anita bella y dulce, acaparó mi atención y me enamoré por primera vez. Enrique se quejaba de mi comportamiento, pues solo fumaba en momentos puntuales, pasaba todo el tiempo que podía con Anita, su carácter dulce me recordaba a mi abuela y sentí admiración por ella. Los besos fueron más allá de lo habitual, un día que nos encontrábamos alejados del grupo en un paisaje verde con alguna encina, detrás de una de ellas hicimos el amor. Fue algo desconocido y hermoso para mí, y creo que también para ella. Solo quedaban ocho días para regresar a casa y puedo decir, que fueron los más felices vividos después de la muerte de mi abuela.

    El mes siguiente que era agosto solía ir con mi madre a algún lugar de playa y en sitios distintos cada verano, donde yo me aburría, mientras ella con su amigo de turno parecía divertirse. Ese año fue diferente, estuve pendiente todo el tiempo de los mensajes que me llegaban a mi móvil de Anita. Ella también pasaba ese mes con sus padres. En los mensajes amorosos predominaban el deseo de que el tiempo transcurriera para estar juntos y vivíamos con esa ilusión.

    Cuando llegó ese momento, también reanudé las reuniones con mis compañeros y eso dificultaba el que le dedicara a Anita, todo el tiempo que deseaba. Durante el periodo estival habían ocurrido cosas desagradables,  Aurora recibió una nota del Instituto diciendo que su comportamiento a veces era un tanto pernicioso para el conjunto, y quizás no podría seguir en el centro. Sandra recibió algo parecido. Seguramente que algún alumno que estaba al corriente de nuestros excesos, fue con el cuento a la dirección.

    Aurora y Sandra eran las más indefensas, y ellas deberían de ser el chivo expiatorio. En cuanto a mí; sabían que mi padre era un líder político conocido y preferían dejarme al margen. A Gaspar y a Enrique, se limitaron a enviarles una nota a sus padres diciéndoles que deberían de vigilarlos. Los padres de Gaspar lo tuvieron en cuenta y próximamente, ingresaría en un internado; no estaba con ellos porque le habían prohibido las salidas, Enrique nos  lo había contado y en cuanto a él, le sometieron a un interrogatorio y supo salir indemne por el momento, pero debería de tener mucho cuidado.

    Yo estaba furioso por el comportamiento que tuvieron hacia las chicas, y dentro de mí emergió un rabia y una fuerza, desconocida. Fuimos Enrique y yo, a hablar con la dirección para que reconsideraran las decisiones, podrían haber cometido algún error, pero nada que no se pudiese reparar, y que ellas necesitaban más que nadie continuar con sus estudios. Si las expulsaban se lo contaría a mi padre y quizás él pudiera intervenir.

    Los argumentos les convencieron quizás, por miedo a que el centro pudiese salir en los medios, y decidieron darles otra oportunidad, pero estarían vigiladas y nosotros también.

    La situación era muy complicada: todos sabíamos que por mucho que nos esforzáramos, volveríamos a caer.